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Hermanas Touza, las Shindler gallegas

Decía Gilbert Keith que uno de los extremos más necesarios y olvidados en relación con esa novela llamada historia es el hecho de que no está acabada. La historia de las hermanas Touza nunca terminó, porque algo tan maravilloso, tan puro y tan humano permanece en el corazón de quienes guían su vida a través de la solidaridad más sincera.

Lo que estoy a punto de contarles podría estar a la altura de las mejores películas de Hollywood… Todos hemos escuchado hablar de la lista de Shindler, adaptación cinematográfica que refleja como Oskar Schindler se las ingenió para salvar la vida de 850 judíos durante la segunda guerra mundial. Casualmente, en la Galicia más profunda, concretamente en la localidad de Ribadavia, tres hermanas decidieron emular, en cierta manera, el modus operandi de su congénere alemán para salvar así a más de 500 judíos del horror nazi.

Julia, Lola y Amparo son las protagonistas de esta historia. Las tres hermanas, sin más en su haber que una cantina pegada a la estación ribadaviense, se dedicaron en cuerpo y alma a recoger judíos procedentes de una Alemania convulsa y saturada de odio hacia una comunidad cuyo gran pecado radicaba en pertenecer a otra cultura, etnia y religión.
Gracias a su amplia experiencia en el campo del contrabando, urdieron diferentes sistemas para ensamblar toda una red a través de la línea de ferrocarril que recorría la cornisa Cantábrica. Cientos de judíos recorrieron miles de kilómetros persiguiendo un sueño, anhelando llegar a un destino que desconocían, pero con la seguridad de que nunca sería peor que la infamia que dejaban a sus espaldas. Se trataba de un camino hacia la esperanza no exento de dificultades, pero con un claro denominador común, la ansiada libertad.

“Estación Libertad” le llamaron. Una pequeña estación gallega, en la austera localidad de Ribadavia, se transformó en el punto de partida de una nueva vida. A su vera, una humilde cantina perteneciente a las tres hermanas servía como alojamiento clandestino a todos y cada uno de los refugiados judíos. Al otro lado de una diminuta trampilla se encontraba el escondite, un pequeño habitáculo que funcionaba a su vez como reserva de los más preciados productos destinados al contrabando de la época. Preludio de lo que significarían idas y venidas a través de las frías noches gallegas, las hermanas ofrecían los pocos víveres de los que disponían con total desapego, y abrían su morada para dar cobijo a aquellos a quienes se les había arrebatado cualquier atisbo de dignidad.

A la luz de la luna, y entre una atmósfera densa y poseída por una neblina que a muchos les recordaban las atrocidades que habían dejado atrás, las hermanas contaban con sus colaboradores. Uno de ellos, Ramón Estévez, relata como dirigían a través de recónditos senderos a aquellas personas, marcadas de por vida con unos números, hacia la frontera con Portugal. Entre ellas, empresarios, violinistas, banqueros y una familia que a la postre sería clave en la difusión de esta hermosa historia.

Hijo adoptivo de un matrimonio alemán y originario de la comunidad gallega, un joven empresario afincado en Estados Unidos puso la semilla. Reveló a un empleado gallego recién jubilado que unas mujeres habían salvado a sus padres del holocausto nazi. Le pidió que las buscara y agradeciera en su nombre todo lo que habían hecho por su familia. A la llegada a su ciudad natal, Monforte, contó la historia a un conocido librero de la localidad, que, con el tiempo, sería el encargado de dar con las hermanas. Decidió plasmar esta magnífica obra en un libro, reflejando en todas y cada una de sus hojas momentos de una historia inacabada, de una historia cargada de humanidad.

Hoy, en Ribadavia, una placa conmemorativa recuerda a sus particulares heroínas: Valientes mujeres, que, a pesar de la complicada situación político-social del momento, decidieron mostrar al mundo que aún hay esperanza. No era una situación sencilla, y en un periodo de máxima división social a raíz de una acerbada guerra civil que había dejado lastrado a todo un país, nunca se mostraron dubitativas o atemorizadas, sino todo lo contrario, sacaron a relucir la parte más bella del ser humano; solidaridad, compasión y empatía. Al fin y al cabo, obraron con el corazón.

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